En esta oportunidad tengo el placer de presentar un excelente relato creado por Aiko Manami.

El diabólico mal

Aiko Manami  © México 2017

José el poseído, así le comenzaron en el pueblo a llamar, desde el momento que increíbles ruidos en su estómago pudieron escuchar.
No eran mariposas, ni pequeñas aves revoloteando, más bien eran ruidos que asombraban a propios y a extraños.
Una vez se oyó un rugido como si fuera un gran animal, otro día fue un chaz, chaz como si un gigante quisiera pelear.

Unos decían que era el diablo que tenía dentro, otros que era una fatal enfermedad, hasta hubo alguno que decía que era una solitaria de cuatro cabezas que cada día le crecía más.
Trajeron entonces a un hombre ladino que doitor  se hacía a sí mismo llamar, prometiendo resolver ese enredo pero a cambio grandes cosas a casa él se iba a llevar, desde gallinas, borregos y vacas estaba dispuesto a aceptar, prometía desde luego librar al pueblo de esa enfermedad que hasta en gran epidemia terminaría, pero no contaba con que el enfermo no quería cooperar.

– ¡Sal José que el doitor te ha venido a curar!

– ¡Yo no voy a salir que enfermo no he de estar! ¡ya déjenme en paz!

Como el enfermo se encerró a piedra y lodo hubo que traer un hacha.
A hachazos y patadas tumbaron su puerta algunos vecinos, otros con piedras rompieron el ventanal, mientras el enfermo asustado no hacía más que gritar.

Se tardaron más en hacer añicos la casa que el enfermo en llorar, pues asustado como estaba, no atinaba ni a defenderse. A rastras sacaron al enfermo y en otro cuarto lo fueron a aventar.

– Ora si doitorcito, véngase pa’ acá, quel enfermo está como ido y ya no va ni a patalear, seguro el diablo mismito ya le anda por quererselo cargar.
El doitor miró a aquél hombre arrinconado llorando como un niño sin poder parar.
Lo revisó de lado, de frente y por atrás… Luego dijo meneando la cabeza:

– Hummm…. Ammmm
La gente afuera esperaba, para saber algo del diagnóstico de aquél tremendo mal.
El doctor le revisaba ahora todo su cuerpo, le jalaba las orejas, daba palmazos en la nuca del infeliz paciente, y luego un brazo le hacía para atrás.

El pobre paciente cada vez se quejaba mas y más. Salió entonces a darles la fatal noticia al montón de mirones:

– Este hombre está más pior de lo que pensé, hay que atacar pronto su mal.

El hombre regresó con el pobre José y dijo en voz alta:

– Habrá que darte una güena friega con yerbas de espinas y otras de ortiga para que revivas, vas a ver que hasta te vas a poner a brincar.  A lueguito te pondremos un buen tiempo en yelo  para aplacar tus endemoniados ruidos, vas a ver que al final quedarás diferente, que ni tu familia te reconocerá.

El pobre José hacía grandes sus ojos llorosos y espantado comenzó a gritar:

– ¡No tengo el diablo adentro, ni enfermedad mortal!
-Calma​te compadre que yo te he de curar…
-¡Suelte esas hierbas que conmigo no las ha de fregar!
– Mira que mi pacencia  se acaba y a la juerza  te he de domar.

Y en un intento por darle unos ramalazos el doctor al dar un mal paso se fue al piso a tumbar, José sin pensarlo tomó las hierbas del suelo y al famoso doitor su propio remedio le fue a dar, por la espalda, por la cara, por santa sea la parte y por muchos lugares más. El doctor gritaba como si fuera poseído y la gente alarmada no tardó en entrar.

– ¡El diablo se le pasó al doitor ! ¡traigan yelos  y muncha ortiga pa’ que se cure, porque antes ese remedio él me iba a dar!

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